sábado, 4 de junio de 2011

TOCANDO EL CIELO




Fue por la mañana. El frío penetraba la piel y ella llegaba. La nariz colorada de su rostro, hacían juego con sus labios temblorosos, vivos, carnosos. Lentamente retira la bufanda de su cuello y amaneció su piel íntima, suave, con sabor a fragancia de mujer elegante.
Yo simplemente la observaba, imaginado lo que venía luego de que retirara su abrigo. Sin duda florecieron sus curvas, esos pechos turgentes que iluminaron mis ojos y que le darían sabor a mi boca, ansiosa de besar sus punzantes salientes para palpitar sus primeros suspiros. Hermosas rocas que se endurecen ante mí mirada lujuriosa y enaltecen mi hombría no tan cautelosa.
Sus caderas flotaban en ese vaivén melodioso de su caminar sensual, todavía no me miraba, me percibía, sabía de mis ojos en su cuerpo, sabía que me invadían las esperanzas de hacerla mía.
Solo fue un saludo como de dos seres que recién se conocían, se ignoraban los deseos, se mentían las intenciones, los cuerpos temblaban en la espera, nada iba a suceder, nada estaba hablado.
Mi pulso cambio, eran mil tambores en una batalla que no existía, sus dedos jugaban distraídamente en sus labios, sus piernas cruzadas marcaban la fuerza de sus muslos, sus manos recorrían mi cuerpo en la imaginación de su esclavo.
Me acerque lentamente pero sin pausa, me enfrente a su mirada penetrante, retiré suavemente sus lentes de lectura, su cara se hizo asombro y sus labios se entreabrieron al igual que sus piernas, sus brazos cayeron a su lado anunciando la no resistencia de mis intenciones, me hice dueño de su boca que exploto con la mía.
Fue en la alfombra donde conocí su cuerpo desnudo, era por demás bello, joven, hambriento, jugoso, alocado por momentos e infinitos besos regué por su piel carmesí.
Llamaradas, ardor, brasas, infierno éramos los dos, no hubo pecado mas sabroso hasta que penetre su amapola, sus pechos eran míos, sus gemidos me lamían, sus parpados se entornaban, ya nos dolía no habernos amado antes.
No hubo ni tregua ni descanso, nuestros cuerpos se fundían, se consumían, se gozaban, ella era una rosa roja que latía, en cada muerte dejaba un pétalo, en cada muerte me regalaba un pedacito de su alma.
Llego la hora de la despedida, nos vestíamos lentamente, sin ganas, queríamos frenar las agujas del reloj, el tiempo era silencio doloroso, sabíamos de nuestro amor prohibido, sabíamos de la fuerza del engaño, pero también supimos que habernos amado fue tocar el cielo con las manos.
.....................................goyo schang.

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